por Jefe de Taller

En casa o en asfalto

17 Julio 2016 | 09:51 AM

“Ch´un bel morir tutta una vita onora”
 Petrarca (Siglo XIV)

 

EN CASA O EN EL ASFALTO

La pasión por andar, profesionalmente, a toda prisa, a veces hace pagar tributos de muy caro precio. Ni se diga para los fans o peor aún para los amigos y ya bordeando en lo indecible, para los parientes de los pilotos muertos.

Esto viene al caso, porque este domingo 17 de julio, es el día en que se celebraron dos aniversarios de grandes pilotos de la FORMULA 1, que vaya que permiten trazar figuraciones. Por la paradoja en sí. O por el valor de cada cual. Uno de esta era y otro del pasado romántico.

El más grande y acaso más inmortal (si es que esto se puede) será porque fue cinco veces campeón mundial, en la otra mano: el más chico, porque apenas si alcanzó a pescar un par de puntos.

Uno argentino y otro, francés. El que muere en santa paz auxiliado con todo el rito de una ordenada despedida de este mundo y acaso apoyado en un asesor sicológico o en un ministro religioso. Y el segundo, sorprendido en el fragor de una lucha a todo tren en una pista muy retadora y por encima de todo, en una tarde de lluvia.

Juan Manuel Fangio ha muerto en 1995 con todo el tiempo encima y dentro de sí, contando los 84 años y lo más seguro es que, hubiera acontecido su adiós con la gran mayoría de los anhelos satisfechos. Sucedió su fin con esa calma parsimoniosa de la vejez, en Buenos Aires, recostado en una cama.

Jules Bianchi en cambio, fue sorprendido en el paso fugaz al más allá a bordo de un coche de carreras –un Marussia y en Suzuka, la tarde del domingo 5 de octubre de 2014– debido a una serie de coincidencias funestas y fatales como si se hubieran planeado para que salieran al milímetro.

El pentacampeón para siempre, que andaba por el mundo recitando su axioma personal: “las carreras se deben de ganar a la velocidad más baja que sea posible”. El francés, apenas saliendo del cascarón de la primera juventud, con tan solo 22 años, y se va a la nada en 2015 después de meses de estar en un cruel estado vegetativo.

A Juan Manuel se lo vela y se lo despide con el corazón en la mano, pero en elegante silencio circunspecto, sin aspavientos: porque era inevitable ya que partiera, en vez de esperar a la terrible decrepitud. A Jules se le llora con infinito agobio, porque no se recibe nunca una explicación cabal, válida lo suficiente. Tan fácil que se lo ha arrancado de esta vida, y ya.

El señor de la Fórmula 1 muere como el hombre bueno que fue, dejando en su herencia un legado de hazañas que no tiene acabose. El Chueco de Balcarce yace sobre una canoa en soliloquio, dentro de la inmensidad de la nada.

La más grande promesa de los años recientes, se despide –en cambio– como un héroe apenas a punto de la floración.

Fangio regaló al mundo su exactitud, sus maneras perfectas y una caballerosidad impar. Bianchi, dejó esta realidad tan desalmada, escanciando todo a su paso con su esencia vital, llenando el ánimo de quienes lo admiraron y lo quisieron tanto, con las hermosas fragancias de una promesa que queda como el teléfono sin contestar, lleno, saturado de un silencio negro por lo que pudo ser.

Los dos yacen en el interregno de lo que no tiene fin. Que descansen, sin agobio alguno. Y que vuelvan a reposar…

Desde aquí, agradecemos infinitamente la existencia de este par.

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