por Rodríguez Jr.

Pedro Rodríguez de la Vega

11 Julio 2016 | 06:14 PM

Ciudad de México a 11 de julio de 2016.

 

D. E. P.

PEDRO RODRÍGUEZ DE LA VEGA 

Nacido el 18 de enero de mil novecientos cuarenta en la Ciudad de México, y el 11 de julio de 1971 en el NorisRing de Alemania deja todo, pero sin marcharse del todo. Porque se lo ha vuelto a mirar siempre y para siempre, manejando de noche o con lluvia cuando era imparable, incontenible y siempre rozando la fábula.

Jugó carreras desde niño para mostrar y demostrar que traía en las venas gasolina de alto octanaje. Muy precoz, dejó ver en las pistas mexicanas que estaba hecho para grandes ligas. Producto para exportar. La fortuna lo puso en el camino donde enfrentar, sin titubeos, a los mayores rivales de su tiempo.

En la Formula 1, cuando había que sacrificarse en serio para llegar y luego permanecer bordó una tarea de gigante, en proporción de lo que le fue posible con sus medios: ganó dos pruebas que el imaginario mexicano siempre tiene consigo. No hay otro corredor nacional con tales proezas, en los 54 GP que disputó.

Firmó jornadas maravillosas en los más famosos circuitos de Endurance, en los autos sport o prototipos –del modo que se los quiera llamar y de verdad, no hay nada que discutir: fue el mejor del mundo.

Escribió una historia sensacional, breve y maciza en esa Formula 1 de su época. Dejó impresa su impronta en Kyalami –Sudáfrica– con un Cooper-Maserati, sobre hules de Firestone. Y después, lo hizo entre Spa y Francorchamps en 1970, sobre su BRM, calzado por Dunlop. También la vuelta más rápida de toda la carrera –inscrita en Rouen-les-Essarts al final del Grand Prix de Francia de 1968– a bordo del BRM V-12, modelo P-133, con neumáticos de Goodyear. Esto apenas, entre algunas de las proezas que ningún mexicano ha igualado. Golpes de pureza asestados en las páginas de la historia deportiva.

Se puede discutir todo lo que se quiera, no importa, en pocas palabras, se está rindiendo el homenaje más sentido al mayor piloto que ha dado este país y uno de los buques insignia del deporte tricolor, ¿por qué? Por picudo. Punto.

Aquí quedan estos nombres de carreras o de sus trayectorias: Nassau, Le Mans, Daytona, Avándaro, Riverside, Targa Florio, Montlhéry, Bridgehamston, Oaks Field, Seabring, Reims, Nurburgring, Laguna Seca, Brands Hatch, Monza, Spa, Mid Ohio, Elkhart Lake o incluso, Norisring, donde firmó su adiós. No hubo sitio en el que no dejara su recuerdo extraordinario y, además, el gesto elegante de un caballero. Sereno y siempre con el comentario inteligente, serio, respetuoso. Proveniente de un tipo como él. Genial.

Se dio el lujo de dejar su marca registrada a bordo de mil y un autos: Lotus, BRM, Ferrari, Cooper y muy en particular los de Porsche; desde luego que también en los de Ferrari con capacete y aquel Ford GT, con el que asimismo triunfó. Hasta los olvidados, así como extraños, coches de competición italianos, OSCA. Entre los mil datos de ese señor pilotazo.

Asegurar que fue un corredor sin igual, es una de las mentiras piadosas del deporte mexicano. Lo valioso de él –en cambio– fue lo ejemplar de su trabajo. La manera en la cual invirtió todo el empeño en una profesión ingrata y más, por los tiempos en que le tocó rifársela. Una tenacidad a toda prueba. Muy respetado por sus colegas, incluso por los grandes campeones de su tiempo. Pero también, por el público de todo el mundo.

Sin glorificarlo como un piloto de F1 incomparable, sí que ha sido lo máximo. Ni más, ni menos. Y su prestigio universal lo ofrendó orgulloso a su patria.

 

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