por Rodríguez Jr.

POLVO DE VIEJOS LODOS

30 Junio 2016 | 12:27 PM

Se suele creer que es para personas taciturnas que no se satisfacen con el presente andar buscando en la nostalgia lo que se dejó pasar en el ayer. Fuera del margen de las melancolías: hay aficionados que preguntan o se cuestionan a ellos, qué quisieran o les gustaría volver a sentir.

Hay un descubrimiento semántico que debe de compartirse: al corazón se lo llama en latín cordix. Lo que da para pensar que: recordar, es en realidad, pasar nuevamente por el corazón; y el corazón, es fiel.

El recuerdo que se aloja dentro de esa zona donde está el alma, llega a ser más de a de veras. Hay quienes lo perciben en blanco y negro, como en las películas viejas y buenas de la juventud. Otros, lo harán en tecnicolor. Pero suelen llegar completos y fidedignos los recuerdos, porque no son razonados, sino, sentidos. Vuelve uno a pasar por el pecho aquello y suspira, ya que lo extraña.

De suerte que si que se puede dar satisfacción a los fans que anhelan que se les diga que es lo que más se añora de la década de los años de 1990. Los noventa. Habría que decir que, la pasión.

Desde la mitad de los años de 1980, se respiraba otra esencia. Porque había varios pilotos sencillamente locos en busca de la victoria, sedientos de velocidad y con todos los bríos, todo el tiempo. Totalmente resueltos a marcar nuevos límites en sus trayectorias, pista por pista. Y también en su agenda deportiva vital. En particular, el que era como un poeta de la FORMULA 1®; en Brasil lo catalogaban como el héroe impar del automovilismo, de siempre. Quienes lo conocían de cerca, hablaban del santo. Llevó por nombre Ayrton Senna.

Los rivales no tan próximos, eran descomunalmente peligrosos y obsesivos: Nelson Piquet señalado por ser terrible, sagaz y pícaro. Nigel Mansell aguerrido como nunca se vio antes a otro, no parecía británico, sino latino de pura cepa. A más distancia, se posaban corredores que sin ser protagonistas eran clave: Jean Alesi o Michele Alboreto; pero más específicamente, Stefan Johansson y Gerhard Berger. No obstante, en el polo opuesto al de Sao Paulo estaba un conductor de verdad singular, puro cerebro pero al servicio de la causa más apasionada, como si fuese un Bonaparte: era Alain Prost.

Las luchas eran con todo y a muerte. Sobre el asfalto y en los Boxes. También, en las noticias o en la prensa.

De pronto, llega un rubio espigado a hacer las veces de revulsivo. Un atleta completo. Una corporación de la velocidad. Que obliga a que se pare de cabeza El Circus, porque se trataba de un acróbata real que anunciaba lo que vendría. Michael Schumacher: los registros, las marcas, los records y el tintineo de las libras esterlinas, los francos suizos o franceses, y las liras.

Un mundo fraccionado que se tenía que homologar bajo la égida del tirano de Alemania: la pasión, se hizo de lado, para dar paso a la mercadotecnia.

Por eso, no uno, sino varios conocedores extrañan tal década providencial. Que empieza en realidad en 1985, con el primer triunfo de Mansell en Brands Hatch y, cierra su pórtico en Jerez de la Frontera de 1994, justa en la cual se impone M. Schumacher a las claras y por quinta vez; cuando ya se había marchado Ayrton Senna, bien a bien, porque las huellas se querían borrar deprisa; faltaban nada más dos fechas para que cayera la cortina de esa temporada.

Se proclamó campeón por primera ocasión “el siete veces”. Casualmente, fueron dos Grandes Premios de Europa los del paréntesis. Un año más tarde, se adoptaría por parte de 19 naciones, el euro.

Nada no volvió a ser igual, en adelante.

 

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